Ayuno de dopamina: contra un mundo de placer inmediato

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Vivimos en un mundo lleno de experiencias y placer inmediatos. Esa notificación en tu móvil que indica nuevos “me gustas”; ese anuncio lleno de imágenes sugerentes y música atractiva; la comida ultraprocesada que hace la boca agua… los ejemplos del día a día son numerosos. Cada vez que recibimos un estímulo que consideramos agradable, en realidad, es la dopamina la que se encarga de que esto sea así.

Para los defensores del ayuno de dopamina, vivir expuestos constantemente a este neurotransmisor es un problema. Llegados a un punto, nuestro cerebro no es capaz de provocar la misma respuesta de recompensa ya que está sobresaturada del bombardeo diario de dopamina. Esto provoca un fenómeno típico de las adicciones conocido como tolerancia.

Es entonces cuando hace falta hacer un “ayuno” y limitar por un tiempo todos los estímulos positivos que producen placer. Cada persona hace su propia versión de este ayuno de dopamina, pero siempre bajo una misma premisa: reducir el placer al máximo, buscando el absoluto aburrimiento. Con esto, quienes lo practican pretenden volver a sentir la motivación y el placer en todo su esplendor. Esto supone dejar atrás la desidia y la pereza, recuperando parte de la creatividad y el bienestar.

¿Cómo se hace el ayuno de dopamina?

Para quienes lo practican, los ayunos de dopamina sirven como un checkpoint de mantenimiento; que se lleva a cabo cuando se sienten distraídos, estresados, poco creativos, demasiado perezosos o cualquier otra expresión relacionada con un estado de ánimo “bajo” o poco motivado.

Normalmente, esta técnica consiste en controlar cualquier comportamiento impulsivo, especialmente los estimulantes. Esto implica reducir el uso de los dispositivos móviles u otros similares (juegos, redes sociales, etc). También supone realizar otras actividades, según explican, que supongan un esfuerzo y no produzcan un placer inmediato. Un punto clave del ayuno de dopamina es controlar el “urge surfing” o la urgencia de satisfacer la necesidad de recompensa. ¿Qué se puede y qué no se puede hacer? Eso depende de cada persona.

Esta es una de las cuestiones más difíciles de abordar puesto que es casi imposible controlar de forma efectiva la cantidad de dopamina que segregamos. Así, los estímulos inocuos para algunas personas pueden suponer una recompensa fuerte para otras. Para asegurar que no topamos con picos de dopamina, se recomienda hacer actividades suaves, sencillas, que no provocan grandes emociones, o muy rápidas. Leer, escuchar música, pasear… En contraposición, se debe evitar todo aquello que nos produzca cierta sensación de “ansiedad” por obtenerlo. En definitiva, consiste en evitar los actos que nos producen satisfacción rápida e inmediata, normalmente asociados con gestos pequeños del día a día (caprichos, dispositivos móviles, acciones que solo buscan el bienestar rápido). Esto suele provocar una situación de “aburrimiento” para muchas personas que lo practican.

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